CRÓNICA: Tormento de la memoria

Carlos Cataño Iguarán es periodista colombiano, oriundo de la península de la Guajira. Desde hace dos décadas es el corresponsal de Noticias Caracol Televisión en el caribe colombiano y testigo excepcional del acontecer de esta región.Fue distinguido con el Premio Nacional de Periodismo Alfonso López Michelsen de la Sociedad Colombiana de Prensa. Vive en Cartagena de Indias.

 Revista Humanidad Ahora. N° 8. Año 2. (Octubre-Diciembre de 2016)
Publicación trimestral
 

La recordación más cruda de la guerra me sigue lastimando hasta el llanto, pese a que han pasado casi dos décadas...

Ocurrió una mañana recién salida de lluvia, bajo un rancho de palma en la vereda Capaca a pocos kilómetros de Plato, Magdalena. Allí, una campesina de mediana edad intentaba desatar el nudo que mantenía entre los pies descalzos el cadáver de su esposo, uno de los cinco agricultores masacrados por un grupo paramilitar la noche anterior. El sitio estaba rodeado de vecinos que escaparon de la matanza, refugiados entre la oscuridad de los matorrales. Para ellos la luz del sol y la compañía eran una coraza contra el miedo. El grupo de periodistas, al que yo pertenecía, también se integró al duelo.

En la viuda acrecía el dolor
al ver las heridas de tortura
en el cadáver del hombre que amó
desde la adolescencia

A la viuda le acrecía el dolor al repasar una y otra vez las señales de tortura, manchas de sangre y capas de barro seco cubriendo el cuerpo del hombre que amó desde la adolescencia. Tal vez pensaba que la mejor forma de devolverle algo de dignidad era limpiarlo y liberarlo de las ataduras. Ella trataba de forzar los extremos de la soga plástica para deshacer el amarre, pero estaban endurecidos por el frío del aguacero y el temblor de las manos dificultaba su voluntad. Su decisión me pareció un acto de valentía en medio de la inercia y el silencio que provocaba el pánico. Intenté ayudarle, pero alguien me detuvo con el argumento cierto de que alteraría la escena de la masacre, lo que me exponía a la represalia de los victimarios o recibiría una severa penalización judicial. Desistí y entonces me dediqué a observar los rostros de incertidumbre del resto de los campesinos y a sentir su respiración de pavura, el único rumor perceptible en aquel angustioso ceremonial donde no corrió una lágrima.

La mujer no pudo desamarrar los lazos intrincados pero sí logró encender un paquete de velas que colocó alrededor del difunto. Esperamos hasta la irritación el acompañamiento de la fuerza pública para levantar los cuerpos y trasladarlos a Zambrano, el puerto bolivarense a orillas del rio Magdalena. Nadie llegó. En cambio sobrevino otro episodio aterrador que rompió el mutismo que ya se había acendrado. Era el estruendo de los motores avanzando hacia el sitio de la tragedia.

Acobardados por el temor de un contraataque, salimos en estampida a los escondites del monte, sin embargo retornamos minutos después cuando alguien aclaró a gritos que era una caravana de camperos contratados por la Alcaldía para llevarse los muertos y poner a los vivos a salvo de una nueva matanza. Nos marchamos molestos y fatigados por el sometimiento a una espera inútil. En el primer vehículo iban los muertos. En los dos siguientes, sus familiares. Otros cuatro automotores fueron ocupados por desplazados de la región y los reporteros cerramos la fila de carros que abandonó aquel paraje devastador. El avance fue silencioso. El camino solitario. El sol humillante. La llegada triste.

El avance fue silencioso.
El camino solitario.
El sol humillante.
La llegada triste.

Entrando a las primeras casas de Zambrano, la gente detuvo la caravana y se abalanzó a reconocer los cuerpos y a
consolar a los sobrevivientes. Entre tantas escenas de lamento, vi el sobrecogedor abrazo de la viuda con sus niños. Allí se quebrantó mi fortaleza emocional y rompí en llanto. Dolido, lloré durante todo el viaje de retorno y tomé la decisión, que ha resultado fallida cuantas veces la he intentado, de dejar el periodismo, ante la impotencia de narrar imaginarios de respeto a la diversidad, una utopía que aún sigo rastreando.

Llegué derrotado y convencido de que no podría testimoniar otra experiencia tan dolorosa, pero, entre tanta indefensión, entendí que la prensa era una de las pocas custodias confiables para las víctimas. Nuestras advertencias podrían salvar vidas, reconstruir ideales y aminorar la aflicción colectiva. Servir a los más frágiles en una confrontación tan desquiciada no era un compromiso laboral, ni una meta de profesión, sino un deber humano. Esa certeza fortaleció mi permanencia en los medios de comunicación y sigue siendo mi ideal.
He regresado a los escenarios donde hice reportería del conflicto en Colombia, masacres, tomas armadas, secuestros masivos, atentados dinamiteros, retenciones, amenazas, fuego cruzado —del cual, incluso fui víctima—, desplazamientos forzados, campos minados, quema de vehículos, entre tantos cubrimientos riesgosos. Sobreviví a todos esos peligros, pero la violencia me sigue hiriendo el alma. Tan solo recordarla me asusta, me hastía y me deprime.

Lo reconfortante es que ahora el paisaje es distinto. Todas las hostilidades menguaron notoriamente o acabaron por completo. En muchos de esos lares el campo volvió a ser productivo y los temores cedieron a la felicidad. No sé qué habrá pasado con aquella infortunada mujer y sus hijos, cuya suerte sigue angustiándome. Pero la certidumbre es que se avecinan tiempos de convivencia pacífica y si no ha superado su desgracia, tendrá una hermosa oportunidad.

Vivir en armonía es una tendencia natural de la especie humana. La rivalidad solo es tolerable en el campo conceptual. Celebro feliz ese espacio de paz como activo esencial para la vida y la prosperidad. Lo venía forzando desde el pensamiento. Estoy creando nuevas ilusiones para remplazar los recuerdos más tristes de la guerra.

Reconforta que ahora ese paisaje es dintinto.
Las hostilidades menguaron.
Esos campos ahora son productivos

 

cataño joven

Carlos Cataño Iguarán durante el cubrimiento del proceso de paz con el EPL, en la década del noventa, en Pueblo Nuevo, Antioquía.
(Foto: Cortesía de Carlos Cataño Iguarán).