ENTREVISTA: Conversación con el olvido, que extermina en La Guajira

Los nativos, el mar, la brisa, la historia, todos indican que el olvido instalado desde La Conquista podría ahora, por fin, exterminar al pueblo Wayuu. Conversación intemporal con los principales actores que hoy inciden en la mala hora de los guajiros originarios. 
(Foto Humanidad Ahora).

Por: Hernán Urbina Joiro
Especial para Humanidad Ahora, número 6.

Finalmente iba camino a conocer mis guías para visitar al día siguiente a un grupo de desplazados Wayuu en la periferia de Riohacha. En Colombia las distancias se prefieren medir en tiempo y no en espacio o kilómetros. Incluso se gusta medir el trayecto por la duración de lo que mitiga el recorrido: una botella de licor, cinco tabacos, siete canciones. «Aquí estoy, deshojando el dolor», se oye por el altavoz del vehículo de Eliseo, el conductor. Canta la más afamada voz guajira que también, como la población originaria de La Guajira, se niega a morir1. ¿Cuántas canciones faltan para llegar?». «Sólo una», responde Eliseo. «¿Así de cerca estamos?». «Es la canción que me gusta y la única que voy a poner», responde con una risa de hermano. Bien. Entonces será una sola canción la que nos separe del encuentro con nuestros guías.

Pero ese mismo verso pareció leerse en el rostro de los indígenas que se veían a la entrada de Riohacha, añangotados o de pie sobre el suelo amarillo y requemado, mirando al silencio con la larga mirada de los olvidados, como tratando de adivinar a lo lejos a un mar de donde se fueron hace mucho las perlas que prefería la realeza europea colonial, de donde se fueron hace largo tiempo los nativos que las sacaban del fondo, los indios que gobernaban la sal de esas playas desde centurias. ¡Qué resonante y afilado habla el olvido!: 53,0% de los guajiros son pobres y cerca del 24,8% viven en pobreza extrema, especialmente en la alta y media Guajira2… El gobierno de Colombia reconoce que hay 897 niños con desnutrición grave o aguda en La Guajira3… Los guajiros insisten, una y otra vez, que son miles, que entierran sus hijos muertos por el hambre y las enfermedades sin las indulgencias de ninguna entidad gubernamental4, que los entierran en sus suelos de olvido.

«53% de los guajiros son pobres;
24% viven en pobreza extrema,
especialmente en la Alta y Media
Guajira»

Pasa un carro con las insignias de Naciones Unidas, el órgano que ha declarado: «Los indígenas son población vulnerable, víctimas de discriminación durante siglos […] se insta a los estados a que trabajen con ellos para estimular su acceso a la actividad económica […] se invita a los Estados a que reconozcan los problemas particulares a que hacen frente los pueblos y personas indígenas5. Pero el olvido también olvidó ese mandato en las tierras guajiras.

Por el altavoz del vehículo de Eliseo se oye: «No tengo pena de ser lo que fui»6 mientras volvemos a mirar a los nativos impasibles. «Los guajiros siempre fueron un pueblo aparte. El gobierno español reaccionó pero el intento de reconquista fue un fracaso […] El norte de La Guajira siguió siendo ingobernable para los españoles», dice la historiadora Christiane Laffit en su libro La Costa Colombiana del Caribe (1810-1830). Agrega Laffit que el contrabando cobró tal envergadura, que el gobierno español decidió en 1801 tratar de pararlo y autorizó a muchos corsarios para atacar a los contrabandistas. Pero además de fracasar en detenerlos, el pueblo guajiro atemorizó a los españoles con una rebelión tan extendida que el gobernador Galindo imploró al Virrey para que diera órdenes estrictas de no importunarlos más7. Pero el olvido bueno, el olvido para la serenidad que querían estos poblados originarios, les llegó finalmente como olvido inmisericorde…

«En serio, ¿cuántas canciones faltan para llegar?». «Sólo esta», volvió a decir Eliseo. Fue una sola canción la que nos separó del encuentro con nuestros guías, dos mujeres amables y voluntariosas con las que acordamos hacer al día siguiente una visita a una concentración de indígenas, ¡en el propio caso urbano de Riohacha!, donde también hay indígenas cercados por la pobreza y la desesperanza.

Es conocido que fuera de Riohacha los asentamientos humanos son cada vez más dispersos, que los indígenas guajiros son rurales, no tanto urbanos, y que viven una ruralidad muy pobre, hacinados, casi sin nada entre las paredillas de barro y que también vegetan en enorme pobreza cuando se arriman a la ciudad. El propio Departamento Administrativo Nacional de Estadística de Colombia (DANE) proyecta que más de un millón de seres humanos vivirán en esa ruralidad guajira en un año8 y es esa ruralidad de los indígenas guajiros uno de los grandes y nefastos desafíos que amenazan en medio del desierto cada vez más agostado por el cambio climático. En general, las pobres casas donde se suelen apretujar los indígenas con parientes diversos, son además casas que pueden estar distantes de otras viviendas hasta en decenas de kilómetros, lo que hace más compleja la disponibilidad de agua y comida.

«El problema» indígena en La Guajira tiene muchas aristas, muchas variables, mas todas confluyen en agravar el olvido que hoy realmente los está exterminando: la Defensoría del Pueblo de Colombia denunció en 2014 que La Guajira ocupa el primer lugar en Colombia en mortalidad materna y en desnutrición global, pese al subregistro; que la mortalidad infantil y la desnutrición en La Guajira afecta especialmente a la población Wayúu; que 48.5% de las muertes de niños y niñas por enfermedad diarreica aguda a escala nacional corresponde a población indígena de la Guajira; que a pesar de haberse identificado la problemática de la mortalidad por desnutrición de los niños y niñas en el departamento e identificado las posibles causas, no se han adoptado medidas que lleven a soluciones de mediano y largo plazo9.

La desgracia guajira tiene entonces causas multifactoriales incluido el desplome del comercio con Venezuela desde los años noventa. Pero se ha dicho desde antiguo que «La Guajira es un departamento rico». Y, sin duda, la riqueza suele pasar de continuo por La Guajira, pero paradójicamente parece moldear distintas condiciones que agravan siniestramente el sufrimiento de sus pobladores. El auge desde los años setenta de la explotación petrolera en Maracaibo, la explotación masiva de la mina de carbón El Cerrejón, entre otras situaciones que movilizaron y aún movilizan enormes flujos de dinero, no sólo no se han canalizado para buscar soluciones reales y duraderas al problema del agua, la educación y la salud de los guajiros, particularmente de sus pueblos indígenas, sino que alimentaron la corrupción que aún hoy desvía recursos oficiales que estaban destinados a evitar la muerte por hambre y enfermedades prevenibles. El Sistema Nacional de Regalías tiene presupuestado para gastar en el Departamento de La Guajira en este año de 2016 la suma de $658.733'585.242 pesos10.

Ya vemos el refugio de los Ipuana, una concentración que ellos llaman Potemana, que significa Potrerito. Está a unos pocos metros de las calles pavimentadas de Riohacha y donde se oyen rugir automotores de alta gama sin pausa. Me asaltan las preguntas frente el cerco férreo de alambre, vegetales y desechos ¿Sufrirán vejámenes por relativismos culturares? Hay relativismos culturales en diversos grupos ancestrales del mundo, invocados como tradiciones, pero en realidad implementados para dominar a un género o a un grupo humano, para clasificarlo como «inferior», subyugarlo y practicar horrores: la ablación del clítoris, el aplastamiento de las mamas, los matrimonios a la fuerza, entre muchos. En La Guajira el relativismo cultural ha podido ser aprovechado también por líderes políticos de turno que dicen «respetar tradiciones» cuando en verdad les niegan a los nativos los recursos necesarios para mejorar la salud, la alimentación y la educación de los pueblos indígenas. Ya veo a lo lejos el rostro de una mujer Wayúu que parece líder. Nos mira en silencio con la larga mirada de los olvidados. Sin duda sufre el pueblo Wayúu. Pero, también sin duda, «si hay sufrimiento, todavía hay posibilidades, hay esperanza de hacer algo al respecto»11.

«La desgracia guajira es multifactorial
pero la mayoría de factores, brotados del desdén,
hoy arrecian por un cambio climático que
también empeorará día a día»

mariaipuenaysusniñosMaría Ipuana guía a sus niños para que no resbalen por el desfiladero en su patio,
cada vez más próximo por la voracidad del mar y la falta de un espolón en Riohacha.
(Foto:Humanidad Ahora).

Dentro de Potemana me senté con María Ipuana. Fue quien me recibió a la entrada y con quien esperaba hablar largo y tendido. Pero una vez se sentó en un banco, sólo me ofreció sus ojos que denotaban cansancio. El lenguaje del sufrimiento más de las veces tiende a ser concreto, autobiográfico, elíptico y en ocasiones monosílabo, de largas pausas porque el sufrir también habla muy claro con el silencio. En cualquier caso, somos auténticamente lo que en ese momento decimos ser con el lenguaje del sufrimiento, somos lo que decimos ser cuando tenemos esa passio: eso que domina nuestro ánimo y que es una experiencia totalmente solitaria, que sólo la siente el yo que es intransferible.

María sólo me escuchaba con sus pies en el piso de tierra, idéntico al de sus casas. No respondía hasta que le pregunté:

Humanidad Ahora: ¿Las autoridades te ayudan?

María Ipuana: Por aquí pasan de largo con los mercados. Ellos ven que hasta la playa aquí que se derrumba todos los días y siguen de largo. No dejan nada porque dice que aquí no necesitamos. Si mi marido trae pescao, ese día comemos. Si no, aquí no comemos.

HA: ¿Cuántos viven aquí?

MI: Como 20 familias. Dependemos de la pesca. Hay días en que se puede hacer 30.000 pesos y otros ni un peso. Pero lo que se busca es tener pa’ el diario.

HA: ¿Desde hace cuánto viven aquí?

MI: Aquí todos vivimos con mi mamá, que nació aquí y tiene 93 años, y su papá también nació y murió aquí. Y esto está cada vez más chiquito y con más necesidades. El agua la sacamos del molino pero está salá. Hay que cogela de la tubería pero el gobierno nos cobra por esa agua, cada mes, y también nos cobra la luz, y hasta impuesto por esta tierra que de nosotros, nuestra desde siempre, de aquí nunca nos fuimos, nunca.

HA: ¿De qué se enfermen aquí los niños?

MI: De fiebre y peladuras en la boca.

HA: ¿Donde hacen sus necesidades?

MI: Antes era más fácil en el mar, pero ahora hay un barranco peligroso, que no deja bajar. Ahora se hizo una letrina para todos. Pero a veces hay que ir al patio.

HA: ¿Qué otra ayuda pedirían?

MI: Queremos trabajar. Miré, ese muchacho es bachiller y nadie le da trabajo. Aquí todos podemos trabajar, pero nadie nos da trabajo o ayuda pa’ trabajar.

«Si mi marido trae pescao, ese día
comemos. Si no trae, no se come»

Las respuestas a todas las preguntas luego giraron sobre las mismas quejas No necesitaban decir más. Luego nos despedimos de los mayores con un abrazo y de los pequeños con un apretón de manos.

Se han hecho muchos esfuerzos por el pueblo Wayúu, por muy largo tiempo, pero sin favorecerlos en algo sustentable y redentor para estos pueblos que a cada generación aprende a decir a su manera: El pueblo Wayúu no necesita campañas mediáticas ni quiere la mendicidad; necesitamos desarrollar nuestras destrezas y vincularlas al progreso sin deformar nuestra naturaleza originaria.

Ha dicho la FAO que el crecimiento económico es necesario pero no suficiente12, que una mejora en la nutrición de los más necesitados debe contar con una participación de los pobres en el proceso de crecimiento, compartir sus beneficios, ayudarles a reconstruir sus comunidades y restablecer los medios de subsistencia ocasionados por una catástrofe, como ha sido el Fenómeno del Niño actual y lo serán peores los ciclos de sequía venideros.

A pocos metros de Potemana entramos al pavimento y a la civilización de Riohacha. Eliseo empieza la medición del tiempo de regreso a casa. Llegaremos en una sola canción, advierte. Se refiere a esa misma que habla del olvido que lastima. «Pienso que viví mi vida / De forma distinta / A todos los demás», se oye otra vez13.

Hay sufrimiento, por lo que hay esperanza14 que invita a actuar y decir sobre estas tierras olvidadas, frente a estos grandes pobladores milenarios: «Nadie me hará resignar que no haya para mí ninguna oportunidad en ninguna parte15. ¡No te rindas, Guajira!


REFERENCIAS

1. Fragmento del vallenato A un cariño del alma (Música y letra de Hernán Urbina Joiro). Grabado por Diomedes Díaz en 1998. Bogotá. Sony Music.

2. Departamento Administrativo Nacional de Estadística de Colombia (DANE). Bogotá. Pobreza Monetaria y Multidimensional- 2014. Departamento Administrativo Nacional de Estadística de Colombia (DANE).

3. Redacción de diario El Tiempo. «Ya hay identificados 897 niños desnutridos para atención en La Guajira», dice el Gobierno colombiano. Bogotá. 11 de febrero de 2016.

4. Camargo Cruz, María Del Pilar. «Se desconoce cuántos niños Wayuu mueren». Bogotá. Diario El Tiempo. 26 de marzo de 2015.

5. Naciones Unidas. Declaración de Durban. 2009.

6. Fragmento de A un cariño del alma, op. cit.

7. Laffit, Christiane. La Costa Colombiana del Caribe (1810-1830). Bogotá. Banco de la República. 1995.

8. Departamento Administrativo Nacional de Estadística de Colombia (DANE). Bogotá. Proyecciones de población. 2005-2020.

9. Defensoría del Pueblo de Colombia. Bogotá. Crisis humanitaria en La Guajira. 2014.

10. Ministerio de Hacienda de Colombia. Bogotá. Sistema Nacional de Regalías. Mapa de Regalías. 2016.

11. Urbina Joiro, Hernán. El Lenguaje del sufrimiento. En: Humanidad Ahora: Diez ensayos para un nuevo partidario de lo humano. Cartagena. Fundación Humanidad Ahora. 2014.

12. Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). El estado de la inseguridad alimentaria en el mundo. Roma 2012.

13. Fragmento de la canción A un cariño del alma, op. cit.

14. Urbina Joiro, Hernán. El Lenguaje del sufrimiento, op. cit.

15 Urbina Joiro, Hernán. Humanidad Ahora, op. cit.

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