Ensayo: EL ARTISTA Y LA ENFERMEDAD

En un brote psicótico, Virginia Woolf dijo haber escuchado cantar a los pájaros en griego. Años más tarde lo incluyó como caracterización de Septimus, protagonista en la Señora Dalloway. En la segunda carta de septiembre de 1889, Van Gogh cuenta a su hermano Theo: “El segador está terminado […] Es todo amarillo, salvo unas líneas de colinas violetas, de un amarillo pálido y rubio. A mí eso me divierte, después de haberlo visto así a través de las rejas de hierro de una casa de locos”. Woolf y Van Gogh encarnan la antigua pregunta que permanece: ¿La enfermedad crea al artista?

Hernán Urbina Joiro
Especial para Humanidad Ahora

El enigma del arte nos define como seres humanos, que encontramos en él algo que siempre nos abarca y nos alivia. Si algún día llegáramos a conocer, en verdad, cómo surge el arte y cómo funciona, ese día tal vez ya no seríamos del todo seres humanos. De momento sólo podemos acercarnos al enigma e intentar describirlo. Y podemos afirmar, sin extraviarnos, que el artista trabaja con un fragmento de la realidad que ha escogido y moldeado según su sensibilidad —o sus necesidades— antes de enseñárnoslo. Lo que es lo mismo: los artistas nos ofrecen una visión distorsionada de lo que se aprueba por realidad y además nos comparten sus emociones, su humanidad en su obra.

De modo que es en la creación del artista donde debemos buscar luces para iluminar esa antigua pregunta que permanece. De pequeños los artistas muestran habilidades para “ese arte” en donde encuentran el rumbo o lo mejor que podrían hacer en sus vidas, y en esas creaciones debemos mirar los ambientes, incluidas las adversidades, que pueden modificar las inclinaciones artísticas o “colorear” la naturaleza creativa del que nace con potencial artístico. Retomemos los ejemplos ya citados.

Las fechas de elaboración de las novelas y los oleos, el diario de Virginia y el carteo entre Van Gogh y su hermano, los documentos de sus propios médicos, indican que la escritora y el pintor sólo pudieron crear, hacer arte, en sus convalecencias, aún temblorosos, pero ya convalecientes, y que durante las crisis eran seres humanos aniquilados. Tan sólo en la tregua de sus dolencias pudieron expresar la naturaleza emotiva de esas crisis, emociones con la que —para fortuna en estos dos casos— enriquecieron sus obras… hasta que la enfermedad les impidió crear más.

          Vincent van Gogh autoretrato
            Vincent Van Gogh (Autorretrato)


La palabra salud es un significante apropiado de libertad, tal como enfermedad puede serlo del vocablo límite. Lo decisivo en este vínculo del artista y la enfermedad parece residir en la postura de los seres humanos frente al límite. Durante la convalecencia de una afección intestinal, el joven Henry Matisse fue animado por su mamá a imitar a un enfermo que copiaba paisajes suizos. Allí surgió un genio que luego se vio incapacitado por la artritis para tomar el pincel, por lo que utilizó retazos de papel para untar el color y legarle al mundo parte de lo mejor de la pintura mientras enfrentaba su límite. Fue la misma aptitud de Cervantes en 1597 en la Cárcel Real de Sevilla, cercado por sus acreedores. En su celda surgió El Quijote, como él mismo lo informa en el prólogo.

En lo colectivo la enfermedad ha tenido efectos sobre la cultura. El arte de la Edad Media está marcado por conceptos médicos de la época: el enamoramiento como forma de locura, el amor como causa directa de la muerte, el ensalzamiento del amor desmayado, de la palidez, la mirada consumida por la tuberculosis, Goya y sus viejas de narices deformadas por la sífilis, Botticelli y sus retratos del joven con las manos devoradas por la artritis reumatoide. Incluso hace poco, a mediados del siglo XIX, el literato y crítico francés, Théophile Gauthier, dijo: “Cuando joven no hubiera aceptado como poeta lírico a nadie que pesara más de 45 kilos…”.

En caso inverso, el arte “coloreó” la forma de mirar las enfermedades. No es secreto que Freud elucubró el psicoanálisis a partir de Edipo Rey de Sófocles y de la buena literatura de Schopenhauer, quien anticipó a otros dos grandes pesimistas de las letras, Kafka y Borges.

Más que una “enfermedad creadora”, es probable que una “personalidad artística” le permita al artista enfrentar funcionalmente su límite y crear, incluso, pese a él. Así, grandes enfermos e hipocondríacos pudieron descubrirnos obras definitivas: Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Rafael Alberti, John Keats, Edgar Allan Poe, Honoré Balzac, Marcel Proust, Miguel de Unamuno, Federico Nietzsche, Pio Baroja, Jean Paul Sartre, Eduardo Carranza, entre muchos.

Esa “personalidad artística”, esa aptitud innata que sanos o enfermos traen desde el nacimiento parece ser lo que esclarece el derrotero de quien finalmente encuentra en el arte aquel oficio que querría hacer por encima de cualquier circunstancia. Es claro que la enfermedad moldea la cultura y modifica el modo de vivir de los seres humanos. Pero es el ser humano mismo, dotado de una aptitud artística, el que en últimas puede invocar y hacer surgir el enigma del arte, a pesar de la enfermedad y el límite.