OPINIÓN: Dolor: notas

Arnoldo Kraus es médico, escritor y pensador mexicano. Es autoridad en bioética, articulista dominical del diario El Universal de México y colabora con los principales diarios y revistas de Latinoameríca. Sus más recientes libros son «Decir adiós, decirse adiós» (Mondadori, 2013) y «Recordar a los difuntos» (Editorial Sextopiso, 2015).

Revista Humanidad Ahora, número 5, 2016.

El conocimiento médico es imparable. Así lo demuestran incontables descubrimientos. Embelesados por la magia y el glamour de lo nuevo, del lustre, de lo que deja dinero, de contubernios ligados al Poder y desligados de la ética, muchos médicos decantan sus esfuerzos y estudios para entender lo que dice y dicta la tecnología. Al esforzarse en ese rubro descuidan el vínculo más preciado en medicina, la relación médico-paciente.

Si bien no existen instrumentos científicos para comprobar el poder terapéutico del «cariño amistoso», de la compasión o  de la empatía, algunos pacientes mejoran  cuando  se depositan en  profesionales dueños de esos atributos. «Sólo con verlo es suficiente para sentirme mejor»,  «Cuando salgo de su consultorio me siento aliviada», son frases que cualquier médico comprometido con sus enfermos ha escuchado.

Bien lo dice Anatole Broyard, al referirse a su doctor en Intoxicated by my Illness (Fawcett Columbine, NY, 1992)«Yo quisiera que el fuese mi Virgilio, deseo que me conduzca a través de mi purgatorio…  señalándome hacia donde ir… quisiera que penetrase dentro de mí, mirando alrededor, desde dentro… tratando de mirar más lejos… Él deberá escrutar el entorno, llevándome de su mano…  Para el médico, mi enfermedad es un incidente rutinario, mientras, que para mí, es la crisis de mi vida. Yo me sentiría mejor si tuviese un médico que percibiese está incongruencia. No le pido  que me ame ni espero que sufra conmigo… sólo deseo que medite sobre mi situación por cinco minutos… y que escrutine mi alma y  mi carne ya que cada persona se enferma de acuerdo a su forma de ser». 

Anatole Broyard murió como consecuencia de cáncer de próstata. Su experiencia, narrada en Intoxicated by my Illness, fue  triste: sus médicos lo operaron y después lo abandonaron. No habían escuchado nada acerca de Virgilio, de Cervantes Saavedra, ni de Broyard. Los médicos no  comprendían porque no contaban con las herramientas para hacerlo. Poco importaba si Broyard era carpintero o financiero, si debía la renta, si tenía hijos, si vivía su esposa, si además del cáncer de próstata había otros diagnósticos. Los médicos no entendían si había otros motivos de enfermedad o de vida,  si la enfermedad había enfermado a la vida o si el cáncer era, incluso, un accidente necesario para sobrevivir. Necesario para vivir atado a él y atando,  gracias a él, amores y amistades.   

Los médicos del crítico literario Broyard no entendían porque rehusó radiarse ni las razones por las cuáles buscó consuelo en la medicina alternativa.  Incontables broyards  optan por resignarse, apuestan a la suerte, y huyen de la medicina contemporánea y de sus protagonistas, cada vez más lejanos, más fríos, más técnicos; esos broyards escucharon de un amigo, o en un programa matutino, donde la  fe puede contra todo, que el tumor de fulanito, después de rezar, se esfumó  y fulanito curó, y escucharon, de otro menganito, que gracias al curandero, amigo de su amigo, el tumor del pulmón desapareció.

Aunque sea infrecuente, algunos tumores desaparecen misteriosamente. En ocasiones las células malignas se desdicen,  y los médicos quedan estupefactos tras  constatar la remisión espontánea del cáncer, sin cirugía, sin quimioterapia,  sin someterse a los enfados del galeno por la caída del índice Dow Jones, y  sin que el paciente haya  circulado por los larguísimos pasillos del  hospital. Escuchar los deseos y la historia del enfermo siempre es prudente; los doctores deberían tener la facultad de saber cuándo es adecuado  no pelear  con los enfermos cuando dicen «sí», y cuando es prudente escuchar al  enfermo  cuando dice  «no».

En la actualidad, los médicos saben mucho sobre la enfermedad y poco sobre la biografía del enfermo. Curar o modificar la patología es fundamental; conocer la historia del enfermo es crucial. Las personas, no las enfermedades, curan mejor cuando al lado de la receta, «dos tabletas cada ocho horas por cinco días», se prescribe, por medio de palabras y del tacto, una pócima sobre la muerte de la esposa, «aunque ahora es imposible aceptarlo, el tiempo te permitirá mirar hacia atrás; su enfermedad los había destrozado».

Décadas atrás, en algunas escuelas médicas, los alumnos se alimentaban de pequeñas dosis de filosofía o literatura. Incluso, en ocasiones, actuaban buscando emular los dolores del enfermo. Esas incursiones, literarias o dramáticas, contribuían a «humanizar» al galeno en ciernes y acercarse al dolor desde otra perspectiva. «Entender el dolo», tanto para médicos como enfermos, es una suerte de arte. Algunos pacientes, armados de elementos literarios y vivenciales, interpretan con sus herramientas los  significados encerrados en la frase entender el dolor:   «No permitas», plagio y le doy voz a un enfermo,  «que otros interpreten los significados de tu dolor. Escúchalo, habla con él y con quien desee saber cómo lo vives. Y nunca permitas que la muerte te borre  o te mate antes de morir».

La tecnología médica  ha desplazado a la clínica. Sin embargo, a pesar de las maravillas de la tecnología, los enfermos prefieren la escucha sobre la aparatología. Vindicar la relación entre médico y enfermo, reinventar la escucha y la mirada es obligación médica. 

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