Entrevista: "SIEMPRE PODÍA MEJORAR TODO, PERO EL MOMENTO MÁS OSCURO NO LO HUBIERA SUPERADO SIN LA AYUDA DE CUATRO PERSONAS"

Por: Hernán Urbina Joiro, especial para Humanidad Ahora, número 6 (Enero-Marzo 2016).  (Fotos de Raisa Urbina).

Resiliencia es la capacidad de los seres humanos para superar el desastre. Hay consenso  en que es posible promoverla en el individuo  y el Informe sobre Desarrollo Humano 2014, «Sostener el Progreso Humano: Reducir vulnerabilidades y construir resiliencia», invita a construir incluso una resiliencia social para disminuir la vulnerabilidad ante las calamidades.  Entrevistamos a una joven que siempre soñó con los ojos abiertos, pero que, tras sucesivas catástrofes, que aniquilaban lo que tenía, estuvo a punto de sucumbir. Logró encender de a poco la esperanza con el soporte de muy pocos amigos y dos sobrinos.

«En todos aquellos quince años felices que llevaba en la casa de mi infancia rodeada por el mar, los barcos y las aves marinas, nunca antes la había visto congestionada con tanta gente conturbada como aquella mañana de 1997. Al llegar y ver el tumulto supe que algo sucedía pero nadie nos decía nada concreto. Mi mamá había viajado días atrás a Barranquilla porque mi papá tenía problemas de salud. Ese día, toda esa noche y el otro día fueron interminables. Ese día del tumulto sólo supimos que mi papá había tenido un accidente. Al día siguiente, cuando mamá regresó con el carro de mi papá intacto, supe que algo más había pasado. De tanto insistir a mi madre en los detalles, ella me dijo que mi padre había tenido un accidente al caerse de una cama y disparársele un arma de fuego. Ella dijo que así había muerto mi papá pero yo confirmé de inmediato sin que me lo dijera que él se había suicidado», nos contó Martha».

Martha Zarco es una joven encantadora, perspicaz, y sus ojos brillan con calidez a pesar de relatar las turbaciones de su vida. Parece fortalecida luego de vivir el acabamiento de todo lo feliz que le había regalado la vida hasta sus quince años de edad, después de haber sido dada en adopción a los treinta días de nacida en Medellín a una pareja cartagenera que hasta entonces tenía problemas de fertilidad y sólo hasta dos años más tarde tuvieron un hijo biológico.

«Para mí era natural  y profundamente amoroso mi hogar con mis padres y mi hermano, con toda mi familia de entonces, mi colegio, con todo mi entorno. El amor que manaba de mis padres y de las personas de mí alrededor era sólo de bendición y no generaban nada distinto a aquella felicidad. Yo soñaba todo el tiempo con los ojos abiertos y todo lo que soñaba lo iba concretando en el colegio, en mi casa, en mi vida de entonces. Siempre creí tener control sobre todo, que podía mejorar cualquier cosa. No sé si esto tenga que ver con los números que siempre me fascinaron, como me fascinaba acompañar a mí papá a sus obras civiles, llevando mi pequeño casco de seguridad. Creo que esa parte concreta de mi vida compensaba mi otra parte sensible, que me podía hacer llorar por cualquier cosa y después alegrarme con otra que llegara. 

En mis primeros 15 años todo fue
felicidad en aquel hogar bello
que decidió adoptarme a los
30 días de nacida

»Mi hermano tenía un carácter fuerte y con él  tenía problemas cotidianos que considero normales con un hermano tan temperamental. Pero hasta eso empeoraría cuando intempestivamente mi papá murió. Mi padre había nacido en Magangué. Luego de sus estudios se quedó en Cartagena donde conoció  a mi mamá, cartagenera de nacimiento. Cuando cumplí 15 años, mi mamá y papá nos informaron que a mi papá lo querían trasladar a Santa Marta, pero que no aceptó y se quedaba con otra oferta en Barranquilla. Logramos acomodarnos  a la nueva situación, que lo viéramos sólo los fines de semana y otros días de permisos. Pero con el tiempo noté que mi papá había cambiado, especialmente en ese año de 1997. Lo notaba ansioso cuando venía a Cartagena y empezó a hacer deporte como nunca antes lo había visto, a trotar por la playa, pero no le dije nada a nadie sobre esto.

»En uno de esos días de 1997 mi mamá dijo que tenía que ir a Barranquilla porque mi papá no estaba bien de salud. Fue al mes, al regresar del colegio, cuando encontré la casa congestionada de gente. Mi madrina, que nos estaba esperando a mi hermano y a mí, fue quien nos dijo que mi papá había tenido un accidente. Yo era la consentida de mi papá y me derrumbé en ese instante. Al día siguiente, cuando mi mamá regresó de Barranquilla, nos dijo que mi papá había muerto. Ese día nos fuimos a dormir a la casa de mi abuela. Fue en casa de mi abuela donde de tanto insistir a mi mamá yo comprendí que él se había suicidado, por más que mi madre lo escondiera. De esto nunca hablé con ella.

»Con la muerte de mi papa se desbarató la familia. Nos distanciamos. Cada uno quedó recluido en su cuatro donde cada cual tenía un televisor. No volvimos a sentarnos a hablar en la mesa. Mi mamá y yo empezamos a tener dificultades con mi hermano. Fueron los días en que mi mamá y yo salíamos a buscarlo desesperadas a altas horas de la noche en Cartagena porque no aparecía por ningún lado. Siempre vivimos en arriendo y dependíamos económicamente de la pensión de mi papá y de un pequeño sueldo que ella recibía del Concejo Distrital. Pero yo tenía la seguridad de que las cosas iban a retornar a la tranquilidad original. No se afectaron mis estudios. Logramos con dificultades salir a delante tras la muerte de papá.

»A los cinco años de la muerte de mi papá, mi mamá recibe la noticia de que no continuará trabajando en el Concejo Municipal y que dejará de recibir su sueldo. La noticia le agravó la depresión que ya arrastraba con la muerte de mi papá. Empezó a tomar medicamentos psiquiátricos y de un momento a otro empezó a sumirse por horas en un estado en que no nos escuchaba y sólo miraba hacía un punto fijo de la casa. Desde ese tiempo, a mis 20 años, empecé a quedarme a cargo de la casa. Me volví la mamá de mi hermano con quien empecé a tener muchos más enfrentamientos y a recibir de él muchas más agresiones verbales.  Cuando mi madre salía de esos estados recobraba las ganas de irse a dormir con mi hermano y yo a la casa de mi abuela, que era su soporte emocional más fuerte por entonces.

»Ese diciembre cuando nos fueron a avisar de la muerte de mi abuela, ella pareció sumirse aún más en ese estado de aislamiento. Yo no declinaba en mi certeza de que todo iba a cambiar para mejor y seguía haciendo planes para el futuro y me esforzaba en mis estudios. Yo había empezado a estudiar Ingeniería Industrial en la Universidad Tecnológica. Mi hermano aún estaba en el Colegio. Al llegar a mi casa ese marzo, tres meses después de la muerte de mi abuela, la empleada me informó que  todo el mundo llamaba por teléfono preguntando por mi mamá. La siguiente vez que sonó el teléfono, yo lo tomé. Otra vez fue mi madrina quien me dio la terrible noticia. Me dijo que mi mamá se había lanzado desde la azotea del Edificio del Banco Popular, uno de los más altos de Cartagena por entonces. De nuevo se hundió todo. Yo cursaba octavo semestre. Nunca había trabajado. Lloré no sé cuánto tiempo antes de serenarme ese día. En ese momento ya no podía soñar con los ojos abiertos. Ahora no sabía qué pasaría con mi vida y la de mi hermano. Justo en el velorio, el padre del mejor amigo de mi hermano nos dijo: “Yo me hago cargo de tu hermano, lo que quiera estudiar, yo lo cubro. Y tú también tranquilízate”, me dijo a mí. “En lo que necesiten, yo los ayudo”, dijo.

Yo siempre creí que las
cosas retornarían a la
tranquilidad


»Luego del sepelio sentí que lentamente arrancaba mi vida otra vez y que ahora quedaba a cargo de todo. Empecé de nuevo a organizar las facturas que había que pagar y todo lo de la casa para tratar de vivir con lo que había. Pero fue insostenible. Debimos entregar la casa familiar. Mi hermano se fue a estudiar a Bogotá con la ayuda del padre de su mejor amigo y yo me fui a vivir donde una tía, que vivía con su esposo, que era militar, y sus dos hijos pequeños de 7 y 11 años. Yo aún creía que podía cambiar todo aquello. Tenía la expectativa de trabajar, de que me aceptaran en la universidad iniciar las practicas universitarias por adelantado.

»Logré que me aceptaran terminar los dos semestres faltantes en uno sólo y hacer al tiempo la  práctica universitaria. Trabajaba en Mamonal, en la empresa del padre del mejor amigo de mi hermano hasta las 4 pm y a esa hora me iba a estudiar a  la Universidad. Yo andaba desde el amanecer al anochecer, de lunes a sábado, en el trabajo y terminando la carrera, juntando dos semestres en uno más las prácticas, y al regresar encontraba la frialdad de mi tía. De nuevo dejé de soñar con los ojos abiertos. No sentía afecto ninguno que le diera sentido a todo aquel luchar. La esperanza se me encendía un poco cuando me recibían mis primitos de 7 y 11 años. Sus palabras de bienvenida. Sus preguntas de cómo estaba. Sus pedidos de que les ayudara con las tareas sin  importar qué tan tarde fuera. Yo tenía mucho amor de mis padres guardado dentro de mí  y ellos empezaron a sacarlo a flote. Sin que lo supieran, con sus palabras esos niños me salvaron cuando ya no me quedaba nada para luchar.

»Al terminar las prácticas universitarias, culminé mi carrera en nueve semestres. Entonces le pedí a la empresa que me permitieran irme a trabajar a Bogotá para además acompañar a mi hermano. Fui trasladada. Otra vez volvieron los enfrentamientos con mi hermano. Pronto se acabó el dinero para subsistir en Bogotá y la madre de mi mejor amiga nos regaló dinero para hacer un mercado que durara un tiempo. Luego de una terrible discusión con mi hermano, me fui donde un tío en Bogotá que me dijo que no podía seguir viviendo allí. Entonces me separé de mi hermano. Él intentó manipularme pero me mantuve. Pero aquella fue otra pérdida. Me fui a vivir sola en una ciudad ya casi sin amigas, viajando largas horas al trabajo que quedaba en Madrid, Cundinamarca. Definitivamente me sentí enferma. Gané mucho peso y la cara se me daño por el acné. 

»Logré un nuevo traslado a Cartagena en 2007. Al llegar fui al médico que me diagnosticó una anemia grave. El especialista en Hematología me dijo que había que hacerme una transfusión. Cuando fui a aquel centro donde también hacían quimioterapias para el cáncer, me deprimí aún más. Decidí salir de allí. Consulté a otro médico que me notó muy deprimida y al hacer mi historia clínica supo que yo era adoptada. Me dijo que me ayudaría mucho poder hablar con mi madre biológica. La madrina de mi hermano había ayudado en los trámites de adopción y con ella logramos ir hasta la casa de adopción de Medellín, donde supe el nombre de mi madre biológica y mi real fecha de nacimiento. Mi madre biológica es de Sonsón, Antioquia, y en el documento constaba que sus padres no sabían que estaba embarazada, que no podía tenerme y que por ello me entregaba. Logre contactarla por Facebook con sus datos exactos, pero ella se negó. Dijo que no era la persona que yo buscaba. Nunca más volví a intentar contactarla.

»Viví en Cartagena al principio con una amiga pero luego volví a vivir sola. Sin embargo volví a soñar con los ojos abiertos con una especialización y la hice. Volví a soñar con los ojos abiertos con una relación de pareja y logré un novio maravilloso. Volví a soñar con los ojos abiertos con servirle a la comunidad y entré a servir con las hermanas de Emaús. Sigo soñando con los ojos abiertos con la felicidad de mi hermano, que no ha podido terminar su carrera. Sigo soñando con los ojos abiertos con una familia como la que tuve antes de la muerte de mi padre. Sigo soñando con los ojos abiertos con tener niños como esos dos primitos. Sigo soñando con los ojos abiertos con encontrar más personas como los padres de nuestros mejores amigos. Sin la ayuda de mis pequeños primitos y de los padres de nuestros mejores amigos, no lo hubiera logrado. No lo hubiera logrado sin la compañía de Dios.

»Sigo soñando con los ojos abiertos poder trabajar con personas que estén deprimidas, incluso deprimidas por familiares que se hayan suicidado. Siento que mi experiencia no fue casual ni en vano. Sería de mucha bendición prevenir que alguien se quite la vida».  

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