EDITORIAL: Humus y humanus

Los desafíos medioambientales tendrán que abordarse desde una postura ética, no sólo por el vínculo primario con lo humano —las palabras humanus y homos tienen la raíz común humus, que significa tierra—, sino, por sobre todo, porque el medio ambiente no tiene ninguna conciencia que le avise que debe escapar cuanto antes del hombre.

El hombre es el único que tiene la responsabilidad de lo que en el mundo se va haciendo y se va dejando a la civilización que le habrá de suceder sobre este humus en donde apenas sí quedan bosques.

En cada civilización siempre ha habido gente queriendo gastarse, todo lo que le heredaron, pero la actual sí cuenta con los medios para hacerlo, sin imaginarse a sí misma o a su descendencia cuando empiece a escasear lo animal y lo vegetal: tal vez se empiece la dieta con los enemigos ideológicos o con personas que le resulten «inferiores». Las amenazas contra el planeta son ante todo amenazas para el hombre, el único que puede encontrarle soluciones oportunas.

Nuestra garantía de vivir —y que vivan las generaciones siguientes— sobre este humus es cuestión de dignidad, porque somos dignos de este planeta, lo merecemos, es enteramente nuestra polis y nos incumbe todo lo que se haga contra él. Con toda justificación, hoy un ataque terrorista a un edificio genera una auténtica movilización de la sociedad. Un ataque letal al planeta debería llevar a canalizar los mejores esfuerzos contra un peligro tan compartido entre todos, como también lo es el terrorismo, palabra que está emparentada inquietantemente con la palabra tierra . Y en verdad: ¿Qué más podría aterrarnos que un panorama terroso en donde poco antes hubo una campiña?

Hasta ahora no se nota una humanidad decidida a detener sus grandes desastres, como el calentamiento global o el avance de la basura electrónica, entre muchos males, tal vez porque en el fondo a lo que estamos obligados es a abandonar la actual comodidad y reinventar la manera de consumir, debemos caminar hacia otra sociedad capaz de suprimir los combustibles de carbono y la electrónica que utiliza residuos peligrosos.

Para esto también se requiere aminorar el afán de enriquecerse —que contaminó, empobreció y calentó— a cambio de un afán por combatir la carencia, incluso la carencia de un planeta sano para todos. De no reinventarse la forma de engullir y de echar andar las industrias, los automóviles, los hogares del mundo, sólo se cambiará el sitio de las emisiones de la vieja economía del carbono y de la basura electrónica.

Reinventar la economía y recuperar el medio ambiente podría ser otra buena ruta para combatir la pobreza, si con ello se genera más trabajo con mejores condiciones de vida. Para lograr esto se necesitan ganas de hacer una verdadera revolución, se necesita mucho más que redactar protocolos que no todo el mundo ratifica ni todos respetan.

Hace falta arrojo. Habrá diversas justificaciones por las que aún no arranca en firme un nuevo modelo de sociedad y de economía, pero la más fuerte puede que sea el temor a sufrir, a cambiar, a suprimir el actual modelo, porque cualquier inicio necesariamente tiene que pasar por el sufrimiento de un final.

Pero el hombre, deudor del humus, deberá asumir las posturas que también evite su propia aniquilación. Le corresponde concretar las más cruciales acciones al humanus, inventor y manipulador de la evolución cultural, que ha cambiado tal vez para siempre a los suelos, los ríos y los mares, ahora amenazantes por los metales pesados y miles de residuos peligrosos que allí se descargan; le corresponde actuar al humanus que en menos de dos siglos, perturbó y sigue perturbando lo que llevó millones de años para crearse.

Todo lo inventado por el hombre es vida humana, por demás, porque se ha desarrollado sobre este humus, al cual tarde o temprano volveremos a incorporarnos justamente como humus. Mudarnos a otro planeta, si se quiere, cargando con un poco de arena de nuestra ciudad, no será posible en muchísimo tiempo. Todavía seremos humanus, hombres del humus, por una cantidad de tiempo que dependerá de qué cómo replanteamos las relaciones entre humus y humanus. Un Nuevo Partidario de lo Humano invitará a descubrir que siempre habrá esfuerzos prácticos y siempre mejores por realizarse, además porque ya lo dijo, Octavio Paz, aquel sabio nacido en México: Quien ha visto La Esperanza, no la olvida.

HERNÁN URBINA JOIRO
Director
Revista Humanidad Ahora, número 2 (Abril-Junio de 2016)
 

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